ARTÍCULOS

Un espacio vacío. Algo sagrado

por Mayra Carlos y Fernando Locatelli


Generemos un espacio de intercambio pedagógico apto y propicio para crear, para viajar, en busca de la calidad expresiva.

Escuchemos a Peter Brook. Tiene algo para decirnos...


Al encarar un proceso pedagógico, tanto el docente como el alumno están cargados de expectativas mutuas y preconceptos sobre la actividad que se va a desarrollar.

Por lo general, el docente realiza una planificación tentativa para realizar un diagnóstico del grupo, llena ésta de ejercitación y actividades preestablecidas, tendientes a que el alumno alcance determinados objetivos por él propuestos.

Encara el proceso, se desarrolla, se evalúan los logros y las dificultades por las que atravesó el alumno, en relación a los propósitos que el docente tiene en función de este grupo de gente.

Y esto está bien.

Pero imaginemos un espacio de creatividad, libre de significaciones formadas a priori; exento de juicios y conceptos preelaborados. Un espacio en el que se configuren significaciones nuevas, propias de los protagonistas de este encuentro pedagógico. Un espacio en el que se creen, permanentemente, estrategias para desarticular preconceptos y estructuras. Un espacio en el que se facilite de esta manera, el encuentro del alumno con el oficio.

Un espacio vacío.

Una hoja en blanco. Una tela sin ninguna pintura, ni boceto en su superficie. Un abismo.

Un lugar en el que los preconceptos se transformen en conceptos que devengan únicamente de la experiencia. Del viaje que se proponen comenzar juntos, docente y alumno. Que se generen del hecho de compartir este espacio.

Peter Brook nació en Londres, en 1925. Fundó la Oxford University Film Society, fue director de la Royal Shakespeare Company y director del International Centre of Theatre Research en París. Dirigió más de 50 producciones teatrales. Es director de cine (El señor de las moscas, El rey Lear, Encuentro con hombres notables, etc.), director de óperas (Las bodas de Fígaro, Fausto y Eugène Onegin, etc.) y autor de dos libros: "El espacio vacío" (1968) y "The shifting point" (1987); sumándose a estos "La puerta abierta", que es una recopilación de seminarios y conferencias realizados en el año 1991.

A lo largo de su carrera, Peter Brook ha utilizado como eje un concepto fundamental, que llamó "espacio vacío": vacío porque el vacío se comparte; es el mismo espacio para todos los presentes. Un espacio donde convergen diferentes energías y desaparece toda clasificación.

Un área desnuda. Que no cuente una historia. Este es un requisito fundamental para poner en marcha la imaginación, a la que cuanto menos se le da, paradógicamente, más feliz se siente porque es un músculo que disfruta jugando.

Nuestras interpretaciones didácticas a cerca de lo que "debe, o no debe ser" están inevitablemente salpicadas de conceptos psicológicos, muy propios del devenir de nuestro siglo.

Inculcamos, transmitimos, interactuamos y fundamentamos comportamientos, tomando como parámetro la ló-gica y la coherencia de un ser psicofísico.

Y esto también está bien.

Casi todo teatro contemporáneo admite un mundo freudiano subyacente al gesto o a las palabras, donde se encuentra la zona invisible del inconsciente. Un estrato de invisibilidad psicológica.

Pero Brook hace una categorización más del teatro. La denomina "teatro sagrado"; de lo invisible, hecho visible, e implica que hay algo más en la existencia, debajo, alrededor y encima de aquel estrato; otra zona aún más invisible y que contiene más fuentes de energía de gran potencia en las cuales existen impulsos que nos guían hacia la calidad.

Cómo generar un aula sagrada. Cómo llegar a este estrato de cada individuo que participa de ese espacio vacío, compartido.

Cómo encontrar en este viaje las zonas aún más invisibles a las psicológicas, subyacentes al gesto.

Estamos en el tránsito de descubrirlo. Investigamos para esto. De lo que sí estamos seguros es que no lo lograremos a través de la teoría; ahí se abren las puertas de la confusión. Cuando se habla de la necesidad de que los futuros actores entiendan su propia función, no quiere decir que pueda lograrse todo por medio del análisis y la discusión. La calidad deriva por entero de la creatividad, y ésta no surge con explicaciones. Porque el conocimiento del actor está centrado en la experiencia. No es discursivo, a priori (independientemente de la experiencia). En la experiencia conoce, crea y construye de manera simultánea.

Pero la búsqueda de este hallazgo nos enfrenta casi cotidianamente a una dicotomía, que nos hace dudar permanentemente y entrar en confusión: "todo es posible" y "todo, no es cualquier cosa".

Gran conflicto entre dos necesidades de "hacer".

Peter Brook insiste en la libertad absoluta del planteamiento de reconocer que "todo es posible"; y, por otro lado, en la exactitud y la disciplina que afirma que "todo" no es "cualquier cosa".

Cómo situarse entre el "todo es posible" y el "cualquier cosa debe evitarse".

La disciplina por sí misma puede ser positiva o negativa. Puede cerrar todas las puertas, negar la libertad, o bien constituir el rigor indispensable que se requiere para salir del embrollo de "cualquier cosa". Por eso no hay recetas. Si uno se queda demasiado tiempo en las profundidades acaba por aburrirse. Permanecer demasiado tiempo en lo superficial se vuelve banal. Quedarnos demasiado tiempo en las alturas puede resultar intolerable.

No debemos dejar de movernos.

Porque, qué otra cosa es el teatro sino ilusión. Su labor práctica, dice Brook, se basa en el profundo sentimiento del actor por una vida interior, mal calificada con la etiqueta de psicológica. Lleva a una simplificación, contrastando el lenguaje de la acción, que es duro, brillante y efectivo, con el de la psicología que es versátil, oscuro e impreciso.

Todo es ilusión. Ilusión compartida.

Y esa ilusión está ligada directamente al trabajo creativo. Trabajo a construir por cuerpos que habitan ese espacio vacío. Cuerpos dispuestos a resignificar juicios y conceptos. Afrontar la tarea de vaciar esos cuerpos, de producir una armonía entre estos, el pensamiento y la emoción, de hacerlos sagrados, es parte de una propuesta que conduce hacia la calidad.

En cada escuela de teatro, cualquiera que sea su estilo, el trabajo de todos los días es esencialmente una búsqueda de calidad. Cada cual lo reconoce instintivamente y lo expresa, en el trabajo cotidiano, con palabras simples como "está bien", "no está tan bien", "está mejor", "está mal". Estas palabras pueden referirse a ejercicios corporales o bien a la expresión de los sentimientos, al ritmo de la actuación, a la claridad intelectual; relajación, interacción, imaginación, concentración.

Esto también está bien.

Pero invariablemente lo que uno reconoce es la calidad, y la verdadera meta del actor -la meta implícita-

es la de subir allí donde una energía más fina inspira y moldea su acción. Y es sólo allí, en ese momento cuando la tarea da una impresión de verdad.


Sin embargo, cualquiera que sea la forma que tome, el arte no puede darnos más que reflejos; simples vislumbres de realidades escondidas. Su efecto, siendo parcial y fugaz no puede establecer jamás una comprensión duradera. El verdadero valor del arte no está en lo que es, sino en lo que sugiere. El arte nos vuelve capaces de descubrir en nosotros mismos grados nuevos de lucidez, los cuales pueden elevarse hasta un nivel culminante de conciencia, allí donde todas las imágenes no son más que sombras fugitivas.

Al ignorar el misterio de la calidad, disminuimos aún más la percepción de nuestra relación viva con el cosmos. En esta ignorancia vemos al hombre como un accidente en un universo de indiferencia. Aún cuando los biólogos y los psicólogos reconocen la naturaleza emocional de la persona, se ven obligados a explicarla como un subproducto de su angustia frente al vacío universal. La dimensión espiritual no niega en absoluto nuestro miedo primitivo al vacío, sino que revela por experiencia directa, la existencia de otro vacío. Ese vacío infinito e intemporal no tiene nombre; envuelve todas las cosas. Y de su vibración suprema emana la más alta de las energías que pueden propagarse en un mundo sometido al tiempo. Así, nuestra posibilidad de experiencia es nutrida, tanto desde arriba como desde abajo, por lo que parecen ser como dos campos, vinculados entre sí cuyas calidades son totalmente opuestas; como dos silencios dentro de un silencio, un silencio animado por la conciencia y un pesado silencio de plomo. Entre los dos ascienden y descienden las escalas de nuestra existencia.

El hombre lo ha sabido siempre, por intuición. Lo ha expresado a menudo con palabras seductoras, con ideas fascinantes, pero sólo la experiencia viva puede dar acceso a él. Un cambio de calidad no llega por accidente. Un cambio de calidad en el ser es el resultado de un proceso preciso. Se trata, aquí de un "conocimiento" que borra la separación entre ciencia y humanidad. Hay una verdadera alegría en la calidad encontrada, un verdadero sufrimiento en la calidad traicionada, y estas dos experiencias son los motores que, sin descanso, renuevan nuestra búsqueda.

Esta es la propuesta: una búsqueda, un viaje, un intercambio.

Un intercambio de lo invisible, para volverlo visible.

Para volverlo sagrado.

¿Dónde debemos buscarlo? ¿En las nubes o en la tierra?



Mayra Carlos y Fernando Locatelli son actores y profesores de actuación.

(Citas tomadas de "El espacio vacío", de P. Brook y de "Gurjdieff")


Artículo publicado originalmente en Revista Ritornello. Devenires de la Pedagogía Actoral, Año I, Nro. 1, Buenos Aires, 2000, p. 12-17


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